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Batalla de Arica - Antecedentes

JUNIO DE 1880

Tarapacá no cambió los resultados estratégicos de la invasión y los peruanos por una serie de circunstancias se vieron en la imperiosa necesidad de emprender la retirada hacia la ciudad de Arica. La difícil marcha sobre áridos desiertos duraría veinte días, pero finalmente, el 18 de diciembre llegaron a su destino. El general Buendía, por una serie de errores cometidos durante la campaña, fue cesado en su puesto y en cumplimiento de órdenes superiores asumió el comando de todas las fuerzas peruanas el contralmirante Lizardo Montero.

Consolidada la ocupación de la provincia de Tarapacá, el ejército chileno emprendió la segunda fase de la guerra terrestre, que denominaría Campaña de Tacna. Aquella se desarrollaría en un vasto escenario que abarcaba los límites de los ríos Ilo y Moquegua por el norte y los ríos Azapa y Azufre por el sur. Los peruanos controlaban la región a través del I y el II Ejército del Sur, dividido entre Arica y Arequipa, mientras que los bolivianos guarnecían el departamento de Tacna. Sin embargo, los aliados, faltos de armamento y provisiones, no estaban aptos para sostener una campaña tan difícil como la que se avecinaba. Los chilenos, por el contrario, se habían revitalizado con refuerzos y con el buen servicio de abastecimientos proporcionado por su escuadra.

A inicios de 1880 el comando militar chileno aprobó un nuevo plan de operaciones para sus fuerzas expedicionarias. Asumió el mando de aquel ejército, calculado en veinte mil hombres, el general Manuel Baquedano, asistido por el coronel José Velásquez como su jefe de Estado Mayor y otros oficiales de primer nivel. La autoridad política se veía encarnada con la presencia activa del ministro de guerra en campaña, Rafael Sotomayor. El plan chileno contemplaba invadir los territorios al norte de Pisagua, es decir las localidades de Ilo, Pacocha e Islay, con el objeto de aislar Tacna del resto del Perú, para posteriormente atacar y ocupar dicho departamento.

El plan, estudiado hasta el detalle, ignoraba por el momento la existencia de una posición intermedia pero crucial: Arica.

En abril de 1879, a poco de iniciado el conflicto, el presidente del Perú, general Mariano I. Prado, había decidido por razones estratégicas convertir a Arica, próspera ciudad sureña de 3,000 habitantes, en el segundo puerto artillado de importancia del Perú, cercano como se encontraba de territorio chileno. El puerto, ubicado a 65 kilómetros al sur de Tacna, se constituyó así en el cuartel general del presidente peruano. Cuando este abandonó el teatro de operaciones del sur, el mando de la posición recayó en el contralmirante Montero. Los trabajos defensivos fueron encomendados a dos militares y a un civil, el ingeniero Teodoro Elmore. El grupo trabajaría con dedicación pero no alcanzaría los resultados esperados por falta de recursos (1).

Después de la batalla de Tarapacá, el Estado Mayor General y el I Ejército del Sur permanecieron cerca de cuatro meses en Arica hasta que en los primeros días de abril el contralmirante Montero, enterado de los planes chilenos, se dirigió hacia el norte para unirse con las fuerzas bolivianas en Tacna, lugar que se presentaba como el nuevo frente de guerra. El enemigo ahora ocupaba la ciudad de Moquegua así como el estratégico paso de Los Angeles, posición situada entre Moquegua y Torata.

Montero dejó en Arica una pequeña guarnición de guardias nacionales que estaba al mando de un oficial naval, don Camilo Carrillo, pero como aquel debió dejar su puesto por razones de enfermedad, el comando recayó en un viejo oficial retirado, adicto a la ordenanza y muy patriota, cuyo nombre, en aquellos momentos, no decía mucho: Francisco Bolognesi, un coronel de 64 años de edad -que en esos tiempos marcaban la senilidad- solemne, de baja estatura y muy acabado para su edad. Las tensiones propias del conflicto habían menguado su físico. Ojeras pronunciadas, cabello cano y blanca barba, eran el marco de un hombre cansado pero de espíritu combativo, quien había participado valientemente en las batallas de San Francisco y Tarapacá.

Tan pronto recibió el comando de Arica, Bolgnesi dispuso intensificar los trabajos defensivos, pues pese a que el lugar era de particular importancia estratégica, aún persistía el problema de que no se le había equipado convenientemente para encarar el muy viable escenario de un ataque por tierra. Por lo expuesto, jamás llegó a ser la fortaleza inexpugnable que han presentado los historiadores chilenos, pero tampoco estaba desguarnecida como pretenden algunos historiadores peruanos. Arica no era una posición militar sólida, pero gracias a las obras realizadas ostentaba algunos dispositivos disuasivos importantes. Por mar, bloqueada como se encontraba por la escuadra chilena, si era impenetrable y si bien al inicio de la guerra las defensas habían sido orientadas especialmente para resistir un ataque de artillería naval, en los meses subsiguientes se fueron adoptando las previsiones para contener un eventual asalto de infantería, siempre teniendo en cuenta las difíciles condiciones del terreno y la gran extensión de las aéreas a defender.

LAS DEFENSAS DE ARICA

En la cumbre de aquella plaza natural, de unos 10,000 metros cuadrados, los peruanos habían construido frágiles cuarteles y colocado nueve cañones para defender el avance de la escuadra. Estos eran conocidos como las Baterías del Morro, divididas a su vez en batería Alta y batería Baja. La primera contaba con un cañón Blakely 250 mm, dos cañones Parrot de 100 mm y dos Voruz de 70 mm. La segunda disponía de cuatro Voruz de 70 mm.

Asimismo, para defender la rada se habían colocado tres baterías rasantes en el flanco norte, considerado el más bajo de la plaza. Las baterías, un Parrot de 150 mm y dos Blakely de 250 mmque se encontraban cobijados en los fuertes bautizados como Santa Rosa, San José y Dos de Mayo, respectivamente. Estos cañones tenían un alcance máximo de tiro de cinco kilómetros. Bajo cada uno de ellos, protegidos por muros de barro, reforzados y solidificados con césped, yacían cinco quintales de dinamita para hacerlos volar en caso de que el enemigo tomase las posiciones. Como característica particular, el Vavasseur del fuerte Dos de Mayo poseía una base circular que le permitía disparar indistintamente hacia el mar o al valle de Chacalluta.

El sector este de Arica, es decir el segundo flanco de defensa, ubicado en la parte alta y escarpada de la zona, contaba con un total de siete baterías y era defendido por dos fortines, llamados Este y Ciudadela. El último era un reducto cuadrado, fosado por los lados y sus muros estaban construidos en base a sacos de arena solidificados por la humedad y el césped. Su defensa estaba constituida por tres cañones -dos Parrot de 100 mm y un Voruz de 70 mm- y un conjunto de casamatas con mechas de tiempo e hilos eléctricos.

El fortín Este se ubicaba a 800 metros al sur-este del Ciudadela. Era también cuadrado y fosado e igualmente protegido por sacos de arena. Sus cuatro cañones Voruz -dos de 100 mm y dos de 70 mm- eran estáticos, y según la orientación podían disparar bien hacia el mar o hacia el valle del Azapa.

Detrás del fuerte Este se levantaban un total de 18 reductos y trincheras unidas entre sí. Más atrás se ubicaba Cerro Gordo, y tras él, la ciudad de Arica.

En total la plaza estaba protegida por diecinueve cañones de tierra. Contaba adicionalmente con dos potentes cañones Dahlgren de 15 pulgadas, pertenecientes al monitor clase Canonicus Manco Capac, inmovilizado hacía más de un año en la rada del puerto. Además de las baterías, la considerable cantidad de dinamita y el sistema eléctrico de minas, eran considerados el principal obstáculo para contener un asalto (3).

OFICIALES Y SOLDADOS

Sobre el papel, la fuerza defensiva de Arica, incluyendo al personal naval del Manco Capac, la lancha torpedera Alianza, ayudantía y comisariato, representaba unos 2,000 hombres. Sin embargo, excluida la marina y la ayudantía, alrededor de 1,650 soldados, en su mayoría noveles guardias nacionales estaban en capacidad de hacer frente a un ataque terrestre.

La tropa se agrupada en dos divisiones, que en términos reales no lo eran por ser muy reducidas en número. La Octava División estaba compuesta apenas por dos batallones: El Iquique, con 310 hombres y el Tarapacá, con 219, un total de 529. Sus integrantes si eran soldados fogueados en combate al haber participado en la campaña del sur y su misión era defender los fuertes ubicados al norte de Arica, lugar que era considerado como el más probable para un ataque enemigo. La Séptima División por su parte, más numerosa aunque conformada casi en su mayoría por voluntarios, tenía tres batallones: El Granaderos de Tacna y el Cazadores de Piérola, que sumaban unos 580 hombres, responsables de la defensa del fuerte Ciudadela y el Artesanos de Tacna, con 380 soldados, que defendía el fuerte Este. En total, 960 efectivos. El resto de soldados, incluyendo una dotación de marinos de la fragata blindada Independencia, hundida en Iquique, servían de artilleros en las Baterías Norte, Baterías Este y las Baterías del Morro y sumaban unos 200. La dotación del monitor Manco Capac y de la torpedera Alianza ascendía a 157 hombres.

La tropa, estaba uniformada con bayeta blanca, y armada indistintamente con fusiles Peabody, Remingtons y Chassepots. También poseía carabinas Evans, Winchisters, Chassepots antiguos, el Chassepot reformado conocido como “rifle peruano” y Comblains. No contaba con un tipo unificado de fusil, lo que dificultaba la distribución de munición y que los oficiales instruyeran a la tropa sobre un manejo uniforme.

Varios de los oficiales de la plana mayor pertenecían al ejército regular del Perú -algunos como el coronel Bolognesi, estaban ya retirados- pero un buen número eran civiles asimilados voluntariamente a quienes se había otorgado rango militar. El coronel José Joaquín Inclán, comandante de la Séptima División, era un veterano militar profesional, mientras que los coroneles Alfonso Ugarte, comandante de la Octava División, Ramón Zavala, jefe del batallón Tarapacá, Ricardo O'Donovan, jefe de Estado Mayor de la Séptima División, y el argentino Roque Sáenz Peña, jefe del batallón Iquique, eran civiles jóvenes, algunos de fortuna, que se habían incorporado voluntariamente al ejército y recibieron grados militares. Ricardo O'Donovan por ejemplo era abogado, mientras que Alfonso Ugarte y Ramón Zavala eran ricos salitreros que armaron y equiparon sus batallones con recursos propios.

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