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Combate de Angamos - Antecedentes

DESARROLLO DE LA ACCION: ABRIL-OCTUBRE DE 1879

Uno de los mas gloriosos episodios de la historia naval del Perú, tuvo como protagonistas a Miguel Grau, el marino más extraordinario que ha dado el país y al Huáscar, el legendario blindado, gestor de nuestras tradiciones navales.

Es una historia de valor, de coraje y determinación y una lección de orgullo llevada a cabo por tripulantes que, en las más difíciles de las condiciones y en las más adversas circunstancias, sostuvieron una épica campaña naval que culminó en uno de los combate más espectaculares jamás sostenidos en el continente americano.

LA GUERRA DEL PACIFICO

En abril de 1879, las jóvenes repúblicas sudamericanas del Pacífico; Perú y Chile, iniciaron una guerra larga, cruenta y muy costosa, cuyas causas se encuentran en la política emprendida por el gobierno chileno sobre el territorio de Atacama, entonces bajo soberanía de Bolivia. Apenas 30 años atrás los tres países ya se habían enfrentado en la llamada Guerra de la Confederación, por el predominio comercial en las costas del Pacífico occidental.

Poco después de emerger como naciones independientes, Chile y Bolivia mantuvieron diferencias en cuanto a los límites que los dividían en la franja costera. La interpretación chilena establecía que su territorio alcanzaba hasta el paralelo 23 de latitud sur, mientras para Bolivia el limite se fijaba en el paralelo 26. La situación se complicó cuando en el territorio en disputa se descubrieron importantes yacimientos de salitre -nitrato utilizado como fertilizante y para la fabricación de pólvora. En 1866 los gobiernos de La Paz y Santiago zanjaron sus diferencias territoriales mediante la suscripción de un tratado que estableció el paralelo 24 como limite, pero que acordó la división por partes iguales de las ganancias por el salitre explotado por empresas de capital chileno y británico entre los paralelos 23 y 25.

Sin embargo el tratado no resultaría satisfactorio para las nuevas autoridades bolivianas, pues fue suscrito por un gobierno liderado por un caudillo (Mariano Melgarejo) influenciado por intereses chilenos. En consecuencia, en 1872 se realizó una revisión, y en 1874 se firmó un nuevo tratado, mediante el cual Chile renunció a los beneficios económicos de la explotación salitrera en la zona comprendida en los paralelos 24 y 25. A cambio el gobierno de Bolivia se comprometió a no incrementar los impuestos sobre el salitre durante los próximos 25 años, es decir, hasta 1899.

En la práctica sin embargo, la jurisdicción boliviana se mantuvo como un elemento nominal. La presencia chilena era abrumadora; su población superaba ampliamente a la boliviana y sus empresas dominaban la economía del lugar. La autoridad política boliviana pasó así a ser ficticia habida cuenta de la enorme distancia que separaba a esa provincia de la sede de gobierno en La Paz.

En febrero de 1878, la Asamblea Constituyente de Bolivia, confiada en el ejercicio de su soberanía sobre Atacama, luego de aprobar una transacción celebrada en 1873 entre el gobierno boliviano y la compañía "Salitres y Ferrocarril de Antofagasta", decretó un impuesto de diez centavos de Pesos sobre cada quintal de salitre exportado por dicha empresa chilena. Esta rechazó tal imposición, considerándola una violación al tratado de 1874, y en vez de recurrir a un tribunal de derecho civil, reclamó a través de su gobierno. De este modo la cancillería chilena solicitó al gobierno de Bolivia derogar el tributo o recurrir a un arbitraje. Bolivia se negó bajo el lógico argumento que se trataba de un asunto interno entre el Estado y una empresa privada.

Chile no aceptó ni esa ni las explicaciones subsecuentes e insistió en sus demandas y como La Paz no se rectificaba, a inicios de 1879 el gobierno de Santiago despachó al puerto de Antofagasta, a modo de disuasión, al blindado Blanco Encalada. El primero de febrero de ese año Bolivia, en protesta por la presencia de aquella nave de guerra en sus aguas territoriales, anunció que procedería a la confiscación de las salitreras y que las remataría el 14 de febrero.

La reacción chilena no se hizo esperar. El doce de ese mes el ministro de asuntos exteriores de Chile despachó a su cónsul general en Antofagasta la siguiente comunicación:

“En pocas horas más el litoral que nos pertenecía antes de 1866 será ocupado por fuerzas de mar y tierra de la república y V.S. asumirá el cargo de gobernador político y civil de ese territorio”.

En la fecha prevista para la subasta, por orden del presidente chileno Aníbal Pinto, una fuerza de 700 soldados al mando del coronel Emilio Sotomayor desembarcó en Antofagasta. Las tropas chilenas no encontraron resistencia organizada, extendieron pronto su control a las localidades costeras adyacentes y reivindicaron dichos territorios para Chile (1).

El primero de marzo, el gobierno boliviano del general Hilarión Daza denunció la ocupación y ordenó el cese de relaciones diplomáticas y comerciales con Chile. La guerra estalló. La diferencia entre ambos contrincantes era abismal, razón por la cual Bolivia solicitó de inmediato la ayuda de la república del Perú en concordancia con un tratado defensivo que ambos países habían suscrito secretamente en 1873 (2).

Es difícil evaluar si en las condiciones prevalecientes en aquel entonces, el Perú procedió adecuadamente al involucrarse en un conflicto que le era ajeno por cumplir con un compromiso internacional. Moralmente su actuación fue impecable. Pero si bien un tratado debía honrarse, no debía ser a costa de poner en riesgo la supervivencia nacional. Quizás hubiera servido mejor al interés peruano aplicar una política realista que implicara denunciar el tratado y mantenerse al margen del contencioso. Las razones resultaban evidentes si se consideraba que el Perú no estaba preparado para encarar un conflicto de proporciones y si se tenía en cuenta que el aliado era débil y el eventual contrincante muy fuerte, hecho que impedía mantener un equilibrio en la relación de fuerzas.

La capacidad militar peruana no había logrado mantener una relación con la creciente prosperidad económica experimentada en el país en la década de 1870. El gobierno civilista del Presidente Manuel Pardo había reducído fuertemente los gastos militares, como parte de la política de su partido de intentar neutralizar el rol dominante de las fuerzas armadas. Su sucesor, el presidente constitucional Mariano Ignacio Prado (1876-79), encontró sus opciones limitadas y no pudo hacer las correcciones del caso pese a que se trataba de un militar de profesión.

El Perú no declaró la guerra. Chile lo hizo. Pero la ambigüedad del accionar peruano, que por un lado quiso ser un mediador sincero a fin de hallar una solución pacífica al diferendo y que por otro se mantuvo estoicamente fiel a su honor y a su compromiso con una de las partes involucradas, terminó por generar sospechas equivocadas, resentimientos y hostilidades y la colisión se hizo inevitable.

Si Chile se venía o no alistando para la guerra, puede resultar discutible. Hay indicios a favor y algunos argumentos en contra. En todo caso, aquel país había recurrido a un acto de agresión armada y respaldaba su accionar en un ejército muy bien organizado y disciplinado, basado en la estructura militar francesa y en una fuerza naval respetable, aún para estándares europeos, organizada en base a los parámetros de la Real Marina Británica.

Es justo señalar que entre 1877 y 1878, por efecto de la crisis económica de esa época, y como ocurrió antes en el Perú, los gastos chilenos en defensa se habían reducido dramáticamente. Es así que para fines de 1878, el ejército chileno apenas poseía 3,000 hombres, la mayoría de los cuales se encontraba concentrado en el sur del país, en la frontera de la Araucanía. Al estallar el conflicto sin embargo, la fuerza militar chilena asimiló miles de soldados, al extremo que en poco más de seis meses organizó tres ejércitos: El Ejército del Sur, que operaba en la Araucanía, el Ejército del Centro que operaba como reserva, y el Ejército en Campaña, que enfrentó al Perú y Bolivia. Este último ejército llegó a alcanzar los 25 mil hombres. Además, a partir de 1872 Misiones militares chilenas adquirieron de Gran Bretaña, Francia y Prusia armas de última generación, como ametralladoras Gatling, cañones Krupp y fusiles Comblain, material que a modernizó su arsenal.

Resultaba evidente que en sus inicios la contienda se iba a focalizar en el mar, pues el dominio marítimo era fundamental para garantizar el éxito de las operaciones terrestres de los contrincantes, incluyendo comunicaciones, desplazamiento de tropas, desembarcos y aprovisionamiento a lo largo de las extensas costas del Pacífico Sur. No se requería ser estratega para entender que aquel país que asegurara el dominio del mar sería el que ganaría el conflicto. La primera fase de lo que pasaría a denominarse la Guerra del Pacífico iba a ser pues, marítima.

La escuadra de Chile -quizás la mejor de América Latina después de Brasil- estaba compuesta por dos enormes acorazados gemelos: El Almirante Cochrane y el Almirante Blanco Encalada, ambos, diseñados por Sir Eduardo Reed y construidos en los astilleros Earle Ship Building Company de Yorkshire (3).

Cada uno tenía un desplazamiento de 3,560 toneladas, una potencia de 4,300 caballos de fuerza y un blindaje de nueve pulgadas. Alcanzaban una velocidad de 12.75 nudos y poseían cada cual seis cañones de 9 pulgadas, cuatro de 4.7 pulgadas, cuatro de 2.2 pulgadas, un cañón de 20 libras, uno de 7 libras, cuatro de una libra, tres ametralladoras Norfendelt y cuatro tubos lanza-torpedos de 14 pulgadas.

El primero, bautizado inicialmente como Valparaíso, ingresó al servicio de la flota chilena el 24 de enero de 1876. El Cochrane por su parte, llegó a Chile en diciembre de 1874 pero retornó a Gran Bretaña a terminar su alistamiento en enero de 1877.

La escuadra contaba además con una cañonera relativamente nueva, la Magallanes, construida en los astilleros británicos Raenhill & Company y en servicio desde 1874. Tenía un desplazamiento de 950 toneladas, 1,040 caballos de fuerza y un andar de 11 nudos. Su armamento consistía en un cañón de 7 pulgadas, un cañón de 64 libras y dos cañones de 4 pulgadas (4).

La armada chilena igualmente disponía de dos antiguas corbetas de madera: la Esmeralda, construida en Northfleet, Gran Bretaña, en 1855, desplazaba 854 toneladas, con 200 caballos de fuerza y una velocidad de 8 nudos. Estaba armada con dieciséis cañones de 32 libras de 6.5 pies de largo, cuatro cañones de 32 libras de 9.5 pies de largo y dos cañones de 12 libras (5); y la Abtao, construida en 1865 para los confederados norteamericanos durante la guerra civil, en los astilleros escoceses de Dennis Brothers, desplazaba 1,600 toneladas, tenía reforzamiento de acero en el casco y estaba armada con un cañón de 5.8 pulgadas y cuatro cañones de 4.7 pulgadas. Su potencia era de 800 caballos de fuerza y alcanzaba una velocidad de 10 nudos (6).

Chile poseía además dos cruceros desprotegidos de la clase Alabama, el O´Higgins y la Chacabuco, construidos en 1866 en los astilleros Ravenhill de Londres Gran Bretaña. Cada uno desplazaba 1,101 toneladas, tenía 1,200 caballos de fuerza y alcanzaba una velocidad máxima de 12.5 nudos. Su armamento consistía en tres cañones de 115 libras, dos de 70 libras, cuatro de 40 libras y cuatro ametralladoras Hochtkiss (7 y 8).

Adicionalmente Chile poseía una vieja goleta, la Covadonga, ex nave de la armada española, construida en El Ferrol en 1858. Protegida con casco de fierro, desplazaba 412 toneladas, tenía una potencia de 140 caballos de fuerza y un andar de 7 nudos. Estaba provista de dos cañones de 70 libras, tres cañones de 40 libras y dos cañones de 9 libras (9).

Chile contaba además con dos escampavías, el Lautaro y el Toro. El primero, construido en 1870, desplazaba 120 toneladas, mientras que el segundo, construido en 1874, tenía un peso de 150 toneladas. Ambos estaban armados con un cañón de 40 libras y uno de 6 pulgadas.

La escuadra chilena poseía asimismo diversas lanchas torpederas, adquiridas entre 1878 y 1881, que desplazaban entre 10 y 35 toneladas y que estaban armadas con una ametralladora Hotchkiss y dos tubos lanzatorpedos. Estos eran el Janaqueo, Colo Colo, Tucapel, Fresia, Tegualda, Recumilla, Glaura, Guale, Janaqueo 3, Vedette y el Quidoro.

La marina chilena contaba con varios transportes propios o alquilados de navieras privadas, entre los que debe mencionarse al Loa (1873-1,675 toneladas); Lamar (1870-1,400 tons); Copiapo (1870-1,337 tons), Amazonas (1874-2,019 tons) Matías Cousiño (1,859-923 tons), Itata (1873-2,232 tons), Tolten (1872-317 tons), Valdivia (1865-900 tons), Chile (1863-1,672 tons), Carlos Roberto 1872-643 tons) y el Rimac (1872-1,805 toneladas). El Loa, el Rimac, el Copiapo, el Amazonas, el Valdivia y el Carlos Roberto, estaban artilllados con cañones y ametralladoras (10).

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